—¡Búsquenlo ustedes! ¡búsquenlo!—gritó a su vez Mario desesperadamente.
—Hace tres horas que lo estamos buscando, señorito—respondió Encarnación rompiendo a sollozar.
Vicenta explicó el caso. Su compañera no acertaba a hablar. Ambas habían ido con el niño al Retiro, permaneciendo allí toda la tarde. El chico se divertía con otros junto a la fuente de la Alcachofa, mientras ellas charlaban con las demás niñeras sentadas en un banco. Los chicos se escapaban de vez en cuando corriendo hasta cierta distancia, como siempre; pero a una voz que les daban volvían a la plazoleta. Pues cuando se acercaba el oscurecer, al llamarlos para irse a casa, se encontraron con que no parecía el pequeño. Llamaron a gritos, recorrieron todos los sitios próximos, avisaron a los guardas. Nada. Los demás niños no daban más razón sino que estaban jugando al escondite y que le habían visto correr entre los árboles para ocultarse, y que luego no le habían visto más.
Mario sé puso a gemir como una criatura increpándolas furiosamente. Carlota, pálida, pero tranquila en apariencia, le mandó callar.
—¿Y no han dicho los niños si habían visto cerca de él a alguna persona?
—Sí, señorita; detrás de él dijeron que iba un hombre cojo con americana clara y sombrero ancho.
—¿No han dado ustedes ese detalle a los guardas?
—Sí, señorita.
Carlota meditó un instante en silencio.
—Y el hombre ese ¿no se había acercado antes al niño?