—No lo hemos visto, ni los demás niños tampoco.
—¿En toda la tarde no se ha acercado nadie al chico?
—Nadie.
—Sí, mujer—interrumpió Vicenta.—Le ha dado un beso esa prendera que conocen los señoritos, que se llama D.ª Rafaela. Le besó y le regaló unos caramelos.
—Pensé que la señorita hablaba sólo de hombres—replicó la niñera.
Carlota guardó silencio de nuevo y meditó.
—Está bien—dijo al cabo.—Ustedes se vienen conmigo a recorrer las delegaciones de policía para dar aviso. Tú, Mario, te vas ahora mismo a casa de D.ª Rafaela a ver si por casualidad se ha quedado en el Retiro y el niño se ha ido con ella. ¡Quién sabe! Tal vez esté allí. ¿En casa de mamá han preguntado ustedes?
—Sí, señorita, y en casa de la señorita Presentación lo mismo.
—Bien, pues si no parece, hay que seguir la pista a ese cojo. Buena seña tiene para que la policía dé pronto con él... Vamos, no te apures tanto, hombre, que el niño no se ha muerto, y si Dios quiere parecerá.
Y aquella animosa mujer detuvo un coche que pasaba y se metió en él con las dos criadas, mientras su marido, sin dejar de sollozar, corría a la calle de Hortaleza, donde la vieja prendera tenía su domicilio.