—No le tengo a usted por tal, querido, ni lo tiene nadie... Habrá sido una calumnia...
—No, no es calumnia por desgracia...
Entonces el hijo predilecto de la Iglesia se acercó a la reja, y con labio balbuciente y el rostro encendido se confesó con D.ª Rafaela.
Por no abusar más de su inagotable bondad había tenido precisión de pedir seiscientas pesetas al padre Laguardia, que era quien le perseguía y le había hecho prender.
—¡Pero eso es una picardía!—exclamó la prendera sin poder contenerse.—¿Por seiscientas pesetas le deshonra a usted ese mal sacerdote?
—¡Por Dios le pido que no lo califique así!—profirió el joven con semblante dolorido.—D. Jeremías es muy virtuoso y ha tenido razón para tratarme de ese modo. Mucho más merezco yo...
—¡Qué ha de merecer, cordero de Dios!
—Sí, sí, D.ª Rafaela, por Dios, no me juzgue usted bueno... Soy muy malo... ya verá usted...
La prendera no pudo menos de sonreír llena de benevolencia al ver el calor con que hablaba aquel inocente.
—Vamos, diga usted, criatura, diga usted. A ver qué maldades son ésas.