Pero en uno de ellos, cerca del cual se hallaban Mario y el delegado, una mujer que acababa de acercarse dijo:
—Pues ayer tarde he venido de Madrid con el niño de D. Ricardo y no he visto esa mujer.
Todos los rostros se volvieron hacia ella. El delegado preguntó inmediatamente:
—¿Pero ha venido usted ayer de Madrid con un chico?
—Sí, señor.
—Pues usted es la mujer del niño.
—¡Yo, señor!—exclamó la infeliz asustada.—¡No lo crea usted! ¡No lo crea por Dios, señor!
—Sí; usted es la mujer del niño... del niño de D. Ricardo... Vamos a ver a ese D. Ricardo ahora mismo.
Y volviéndose a Mario añadió:
—Me parece, Sr. Costa, que ya nada tenemos que hacer aquí. Hemos seguido una pista falsa. Vamos a cerciorarnos de ello y en seguida emprenderemos la marcha otra vez.