En efecto, aquella misteriosa secuestradora no era otra que el ama de gobierno de D. Ricardo Fanjul, un rico propietario viudo. El niño era su hijo, que había pasado algunos días en Madrid en casa de una hermana.
La novela quedó deshecha en un instante. En su vista el delegado y Mario tornaron el tren de la mañana para la capital, por ir más de prisa. El cojo quedó detenido por si acaso, y se dio orden para que se le trasladase a Madrid.
Mario, profundamente abatido, guardaba silencio mientras el tren se acercaba velozmente a la capital. Las lágrimas corrían a menudo por su rostro pálido y ojeroso. García permanecía silencioso también. Una arruga profunda cruzaba su frente, signo de intensa meditación. Al cabo, cuando ya se aproximaban al término del viaje, preguntó con afectada indiferencia:
—¿Hace mucho tiempo que ustedes conocen a esa prendera que se llama D.ª Rafaela?
—Sí, señor, hace ya algunos años que somos amigos—respondió el artista con voz alterada.
Y súbito, sin poder contenerse, apretó la muñeca al delegado diciendo:
—Sea usted franco, García... Empieza usted a tener sospechas de esa mujer.
—No tengo por qué ocultarlo—replicó aquel con sosiego mirando por la ventanilla.—La circunstancia de ser la última persona que ha hablado con el niño me da mucho que pensar... Luego, esa visita a la cárcel...
—Pues bien—manifestó Mario con creciente agitación,—le confieso que yo vengo también pensando en lo mismo hace largo rato. Pero al mismo tiempo me parece tan absurdo, tan insensato, que procuro desecharlo de la cabeza como una tentación. D.ª Rafaela es una excelente amiga, una mujer buenísima...
El delegado, sin abandonar su actitud reflexiva, alzó los hombros con desdén.