—¡Ps! Eso no significa nada. Todos los delincuentes han sido buenos antes de dejar de serlo. Hay cosas tan misteriosas en materia de crímenes que nadie puede explicárselas. Allá los médicos. Lo que puedo decirle es que después de lo que he visto en mi carrera ya no me asusta nada.

Mario volvió a sentirse acometido de una inquietud insufrible. Quería que volase el tren. En cuanto llegaron corrió a su casa por si se tenían noticias o habían recibido alguna carta. Nada se sabía. Habían llegado, sí, muchas personas a enterarse, porque la prensa hizo circular la noticia y el escultor tenía bastantes amigos. Pero ni un rayo de luz.

Mientras tanto el delegado fue a dar parte al juez de sus investigaciones. Se llamó a doña Rafaela a declarar. Cuando hubo terminado la declaración, el juez le dijo:

—Señora, no se asuste usted. Me veo en la precisión de dejarla a usted detenida.

La infeliz mujer, al escuchar estas palabras, cayó desmayada. Después vertió un torrente de lágrimas y protestó con tan sentidas palabras de su inocencia que logró conmover a los que presenciaban la escena. Se la trasladó a la cárcel de mujeres.

En todo aquel día el juzgado no cesó de trabajar. Se tomó declaración a cuantas personas pudieron haber tenido relación con el niño en aquellos días, a las niñeras que le habían visto en el Retiro, a los chicos, a sus padres, etc. Mario y Carlota recorrían llorosos, anhelantes las casas de todos los conocidos buscando alguna noticia. Al llegar la noche nada se sabía aún. Todos los trabajos que se hicieron para hacer declarar otra cosa a D.ª Rafaela resultaron infructuosos.

Cuando regresaban a su casa tropezaron a D. Dionisio Oliveros que salía de ella. El poeta venía a ponerse a disposición de sus amigos. Abrazó conmovido a Mario, y éste tuvo la satisfacción de escuchar de su boca estas palabras aladas:

—¡Qué tremenda desgracia pesa sobre su cabeza, amigo Costa! La vida ofrece tragedias bien dolorosas. Tengo la esperanza de que al cabo después de tanta peripecia conmovedora el nudo de la horrible intriga se desatará; logrará usted hallar a su hijo sano y salvo. Si esto sucede, como yo confío, le ruego guarde en la memoria y me reserve todos los incidentes de esta misteriosa trama. Nosotros los poetas modernos necesitamos inspirarnos en la realidad. Cuando tropezamos casualmente con una acción de un interés tan palpitante como ésta, lo consideramos como un hallazgo y hay que evitar que otro se aproveche... Quizá después que todo se haya arreglado felizmente tendrá usted la satisfacción de ver, sobre las tablas, reproducidos los sentimientos que ahora agitan su corazón, y derramará usted abundantes lágrimas. Pero estas lágrimas serán dulces como lo son siempre las que el arte nos hace llorar.

Esto dijo el bardo del ministerio de Ultramar con voz ronca. Carlota le miró con ojos coléricos; pero Mario, trastornado por el dolor, se abrazó a él sollozando.

—¡Gracias, D. Dionisio, gracias!