—¿Le gusta a usted?—preguntó dilatando su boca para sonreír de tal modo que dejó estupefactos a los circunstantes a pesar de hallarse acostumbrados a los prodigios que la naturaleza solía obrar en su fisonomía.

—¡Muchísimo! Es precioso... precioso...

—¿Quiere usted oírlo otra vez?

—¡Ya lo creo!

—Pues lo tocaré, lo tocaré, Presentacioncita—dijo el artista lleno de condescendencia, rebosando de orgullo.

—El caso es—manifestó la maligna joven con tristeza—que nos vamos a ir pronto.

—Eso no importa. Voy a tocarlo en seguida... Verá usted.

Y se fue a buscar al pianista. Éste no parecía por ningún lado. Timoteo daba vueltas como loco por todos los rincones del café.

—Vamos—decía en tanto Presentación a su hermana,—el Día de sol nos librará de la lluvia.

—¡Pobre chico! ¿Qué culpa tiene él de que se le escape la saliva?—repuso aquélla sonriendo.