—¡Anda! ¿Y qué culpa tengo yo?—exclamó enfurecida la otra.
Mario rió la ocurrencia, irritado contra el violinista que le había impedido extraviarse por la floresta. Romadonga la amenazó con el dedo.
—¡Niña! ¡niña!
—¿Qué le duele a usted, D. Laureano?
—A mí nada. A Timoteo es a quien le arden las orejas... Diga usted, ¿cómo no han estado ustedes esta tarde en la Castellana?
—Eso cuénteselo usted a mamá.
—¿A mi, niña?—exclamó vivamente doña Carolina.—¿Qué estás ahí diciendo? ¿No sabes que tienes padre?—Y volviéndose hacía Romadonga:—Pantaleón no ha querido que hoy fuésemos a paseo, sin duda temiendo a la humedad por lo mucho que ha llovido estos días.
—Eso es... No lo he juzgado conveniente—corroboró D. Pantaleón dirigiendo una mirada tímida a su mujer.
Presentación hizo un mohín de desdén y se volvió hacia Mario y Carlota. Pero juzgando que era ya tiempo de dejarlos abandonados a sí propios, entabló conversación con una señora que se refrescaba con grosella en la mesa inmediata.
—¿Qué es eso, D.ª Rafaela, no lee usted hoy La Correspondencia?