Estaba D.ª Carolina subida encima de una silla sujetando un visillo del balcón. Carlota había salido en busca de tijeras. Sin saber cómo, aprovechándose tal vez de que la buena señora se hallaba de espaldas y no podía anonadarle con una mirada fulgurante, dijo con voz bastante entera:

—D.ª Carolina, cuando usted termine ahí voy a darle un susto.

—¿Un susto?—repuso la señora volviendo la cabeza con sorpresa.

—¡Sí, un susto!—repitió el joven sonriendo alegremente, cada vez más animado.—Pero no tenga usted miedo. Es un susto puramente moral.

—¡Bueno!—exclamó en actitud vacilante, sonriendo también.—No sé qué será... Voy a concluir.

En los breves instantes que duró la operación tuvo tiempo a perder todo el valor que había mostrado. De suerte que cuando D.ª Carolina se bajó de la silla, con la misma ligereza que una niña, y se volvió, encontrose con un hombre desencajado, tembloroso, que daba pena mirarle.

—Usted me dirá... ¿qué susto es ése?

—¡El que yo tengo!—debió responder Mario, pero no lo dijo. Limitose a llevarse la mano a la boca para toser, sin gana por supuesto, y profirió con trabajo:

—Si a usted le parece, podemos sentarnos.

—Con mucho gusto. Nada nos darán por estar de pie.