D.ª Carolina aparentaba indecisión y sorpresa que no sentía. No se necesitaba ser lince para comprender de qué se trataba.
—Debo ante todo... Cuando tuve el honor de ser presentado a ustedes... Sentiría muchísimo...
No hallaba medio de tomar la embocadura. Estaba cada vez más turbado. En aquel momento apareció en la puerta Carlota. Al ver su encantadora figura, de formas elegantes y redondeadas, sus ojos animados, sus mejillas frescas adornadas de un par de hoyos como dos nidos de amor, sus labios de cereza, una verdadera rosa, en fin, de carne y hueso, recobró de pronto todo el aplomo y dijo con voz segura:
—Me alegro de que venga Carlota y escuche lo que le voy a decir...
Carlota se acercó. En la actitud de su novio adivinó en seguida lo que pasaba.
—Pues bien, señora, lo que tengo que manifestar a usted es que, lo mismo Carlota que yo, deseamos casarnos cuanto más antes.
—¡No, no! ¡yo no!—exclamó la joven encendida en rubor y echando a correr.
D.ª Carolina se mostró sorprendidísima.
—¡Pero eso es un escopetazo, Costa! Razón tenía usted en decir que me iba a dar un susto. ¡Ave María Purísima! ¡Quién había de pensar!...
Y por algunos momentos no dejó de hacerse cruces y proferir exclamaciones. Repuesta al fin un poco, llamó a Carlota.