Al regresar a Madrid y tocar nuevamente la prosa de los expedientes y la vida mezquina de la casa de huéspedes, experimentó una sensación de tristeza mortal como si le hubiesen condenado a presidio. Disgustose de la práctica de la escultura. Después de ver las obras maestras, la estatuaria de sus compañeros le parecía tan afectada, tan pobre, tan ridícula, que por no parecerse a uno de ellos, halló mejor abandonar enteramente los palillos y el cincel. Comenzó a pasar horas y horas en el café y se aficionó con frenesí a la música. Gozaba también con escuchar las disputas científicas y filosóficas que su amigo Moreno mantenía con cualquiera que le llevase la contraria. Jamás intervino en ellas. Pero divertían su espíritu de la muchedumbre de pensamientos melancólicos que constantemente se cernían sobre él.
Asistía ordinariamente a la misma mesa del café, además de Moreno y D. Laureano, otro amigo llamado Miguel Rivera, viudo, antiguo periodista, secretario particular en la actualidad de un ministro, hombre de carácter festivo y alegre conversación cuando no abatía su espíritu el recuerdo de un terrible pesar que había experimentado. Iban asimismo un caballero de edad media, barba gris y voz de sochantre, llamado D. Dionisio, y un jovencito sonrosado, de fisonomía dulce e interesante que respondía por Godofredo Llot.
D. Laureano no daba señales de recordar el compromiso contraído. Mario sentía al mismo tiempo pesar y alegría de este olvido porque, si anhelaba acercarse a su ídolo, temía el instante de la presentación como un trance apuradísimo.
—Buenas noches, señores—dijo una voz bronca, profunda.
—Hola, D. Dionisio, ¿cómo estamos?—preguntó distraídamente D. Laureano, sin apartar la vista de la preciosa chula que había descubierto.
—Medianamente; horriblemente fatigado—respondió el caballero que acababa de sentarse.
Y adoptó una actitud tal de cansancio hundiendo la cabeza en el pecho, dejando pendientes las manos y respirando con anhelo por su boca entreabierta, que en realidad parecía deshecho por una serie de esfuerzos colosales. Paseó su mirada lánguida por los circunstantes esperando que se le pidiese explicación de aquel cansancio. Pero D. Laureano atendía a su juego; Adolfo Moreno seguía enfrascado en la lectura; Miguel Rivera, que hacía un rato había llegado, se le quedó mirando fijamente y con cierta sonrisa burlona. El único asequible en aquel momento era Mario. A él se dirigió metiéndole la boca por el oído.
—Diez y siete cuartillas.
—¿Cómo?
—Diez y siete cuartillas. He terminado el capítulo onceno.