—¡Ah!
—Es un trabajo espantoso. En veinte días llevo escritas cerca de trescientas cuartillas.
—Trabaja usted demasiado, D. Dionisio—dijo con gesto de aburrimiento Mario.
—No hay más remedio—murmuró modestamente el caballero.—Para conseguir una plaza en la república de las letras, es necesario trabajar mucho.
Era D. Dionisio Oliveros un antiguo empleado del ministerio de Ultramar, jefe del negociado donde servía Mario, que ya muy tarde, cuando pasaba de los cuarenta, se sintió irresistiblemente llamado a conquistar la gloria de la literatura. Y comprendiendo, con admirable instinto, que había perdido mucho tiempo, quiso compensar a las musas de su largo alejamiento por medio de una constancia y una adhesión ilimitadas. Todo el tiempo que le dejaban libre los expedientes le parecía escaso para cortejarlas. Dramas, comedias, poemas grandes y chicos, novelas, cuantos géneros comprende la bella literatura, salían en atropellada procesión de su pluma. Vivía en una verdadera fiebre de producción. Había publicado dos o tres cositas, en cuya impresión agotó sus cortos ahorros. Ahora se dedicaba a buscar editor o empresario, pero sin abandonar por eso su labor incesante. Esperaban, guardadas en legajos y admirablemente copiadas en letra inglesa, que llegase el día de ver la luz, cuatro novelas, siete dramas, un poema, cinco comedias y un número considerable de poesías líricas, que según sus cálculos podrían formar tres tomos voluminosos.
—Oiga usted, D. Dionisio—dijo Miguel Rivera, que no quitaba del laborioso poeta sus ojos risueños.—¿No le han pasado a usted recado nunca los vecinos?
—¿Por qué me lo habían de pasar?—preguntó sorprendido Oliveros.
—¡Toma! Por el ruido que usted hará en las altas horas de la noche al fabricar sus poemas.
—Yo no hago ruido ninguno—repuso el otro, amoscado.
—¡Ah! Pues yo pensaba que esas redondillas tan vigorosas necesitaban grandes martillazos.