D. Laureano y Mario volvieron la cabeza para reírse. Adolfo Moreno metió la cara por el periódico para hacer lo mismo.
—Usted siempre de broma, amigo Rivera—dijo el poeta, avergonzado.
El café estaba en su momento álgido. Las luces, el humo del tabaco, el aliento de los centenares de personas allí reunidas, formaban una atmósfera espesa donde sólo respiraban bien los seres adaptados a ella desde largo tiempo. El violín exhalaba sus notas arrastradas, lamentables, quejándose siempre de un dolor tan amargo como misterioso. La mayor parte no le comprendían; pero había algunos seres privilegiados y poéticos, casi todos ellos del ramo de sedería, en quienes sus lamentos hallaban eco y simpatía. Dejaban de intervenir en la conversación de sus compañeros, se echaban hacia atrás en la silla, y enteramente abstraídos, con los ojos entornados, daban claro testimonio de la delicadeza de sus sentimientos. ¡Qué contraste con los del ramo de ultramarinos, hombres por lo general incultos y zafios, incapaces de distinguir un nocturno de una barcarola!
D. Laureano andaba conmovido con los ojos hermosísimos de aquella chula sentada cerca del mostrador. Mientras tomaba el café a breves sorbos no apartaba la mirada de ella, sin atender poco ni mucho a la conversación de sus compañeros. Así que dio fin a la taza, levantose de la silla, y sin decir adiós se alejó a paso lento, solapado, balanceando el tronco esbelto de su figura al través de las mesas y las sillas, en dirección del mostrador.
—Ya empezó el ojeo. Matusalén toma vientos—dijo Rivera mirándole con curiosidad.
Los demás volvieron también la cabeza y sonrieron.
—¡Qué hombre tan singular!—murmuró Adolfo Moreno.—¡A su edad tener las pasiones tan despiertas! Indudablemente es un caso de anomalía orgánica: el exceso de nutrición se ha prolongado mucho más que en el tipo común.
Miguel Rivera le echó una mirada de reojo donde se leían mil cosas irónicas y, poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo:
—¡Bien, técnico, bien! Advierto con placer que cada día penetra usted más adentro en los misterios de la morfología.
Adolfo hizo un gesto de mal humor, mientras los demás sonreían. Le mortificaba profundamente el apodo que Rivera le había puesto y las bromas constantes que le merecían sus aficiones científicas. Calificábalo por detrás de hombre frívolo, ignorante, y periodista insustancial; pero nada se atrevía a replicarle, en parte, porque Miguel le llevaba bastantes años y, en parte también, porque temía a su proverbial causticidad.