La sonrisa de Rivera se desvaneció al ver la triste y penosa que contraía los labios de su amigo. El semblante de Mario expresaba abatimiento profundo.
—¡Ocupado! Sólo lo está el que espera algo. Yo he renunciado a todo hace tiempo, querido. Di lo que quieras y tómate el tiempo que se te antoje.
Tímidamente y ruborizándose muchas veces, Mario le contó lo que le pasaba, rogándole con insistencia el secreto. Cuando terminó de hablar, Miguel permaneció grave y pensativo. Al cabo dejó escapar un leve bufido de desprecio.
—¡Camarada, qué suegra te ha tocado! Es de lo más fino que he visto en su género.
—¡Si mi suegra no se ha mezclado para nada en este asunto! No ha hecho más que cumplir las órdenes de su marido. ¡Anda, pues si dependiera de mi suegra, ni ahora ni nunca saldría yo de su casa! Usted no sabe el cariño que me profesa la buena señora. Me quiere como una madre, una verdadera madre, don Miguel.
Este le contempló en silencio unos momentos asombrado de su inocencia. Tuvo impulsos de proferir una de sus chufletas sangrientas, pero se contuvo. La maciza bondad y el candor de aquel muchacho le conmovían. Después de todo, pensó, ¿qué se adelanta con sacar a los hombres de los errores que los hacen felices?
—Sí, sí; D.ª Carolina es muy buena—dijo al cabo, sin gran calor.—Puede que tenga en realidad la culpa el loco de su marido.
—Yo creo que mi suegro nada tiene de loco, D. Miguel—se apresuró a decir Mario.—Aunque un poco difuso en sus explicaciones, siempre le he hallado muy razonable. Y además, crea usted que es bastante instruído y que tiene un corazón excelente.
Volvió a contemplarle Rivera con sorpresa, y repuso sin poder evitar una sonrisa de lástima:
—Puede, puede ser. Yo le he tratado muy poco, ¿sabes? Desde que ese idiota de Moreno le ha tomado por su cuenta, temía que se hubiese extraviado.