Mario sonrió algo contrariado.
—¡Qué duro está usted con Adolfo, D. Miguel!
—¡Alto ahí, amigo! Pase por tu suegro y tu suegra, pero lo que es ése me lo tienes que dejar entre las uñas. En todos los días de mi vida he conocido un ser más pedante y grotesco. ¡Es un infame!
—¿Cómo infame?—exclamó asustado.
—Sí, cuando la tontería llega a cierto límite degenera en infamia. Creo haberlo leído en Santo Tomás.
—Pues Adolfo estudia mucho: se pasa la vida entre libros.
—No importa, es un infame. ¿Tú has estudiado lógica? Bien, pues sabrás que para que el conocimiento se produzca son necesarios dos términos: sujeto y objeto. Aquí falta sujeto... Pero dejemos eso ahora. Hablemos de ti. ¿Qué piensas hacer? ¿Cuáles son tus proyectos?
Mario alzó los hombros sonriendo y no despegó los labios. Aquel gesto volvió a poner serio y meditabundo a Rivera.
—Es necesario ante todo buscarte una ocupación lo más pronto posible. La carrera de que te he hablado en los ferrocarriles aún tardará en organizarse... ¿Quieres ayudarme en los trabajos de la secretaría? Hace falta un empleado inteligente... Aunque el sueldo es pequeño.
—¡Cualquier cosa, D. Miguel!—exclamó Mario, viendo el cielo abierto.