—¡Eso es!—repuso D. Laureano riendo.

En aquel momento apareció en la puerta la arrogante figura de Concha.

—Oye tú, guasón, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que voy a estar hasta que amanezca sola en esa alcoba?—profirió sin dirigir el más leve saludo a la compañía, clavando su mirada colérica en Romadonga.

—No, hija, me iba a marchar en seguida—contestó aquél, bastante confuso y apresurándose a levantarse.

—¡Te ibas, te ibas! Adonde te vas a ir es a lo que tú sabes, hablando con perdón de estos señores. Pus hombre, ni que fuera una...

Hablaba con el desgarro peculiar a la chula de Madrid, acentuando cada sílaba de un modo tan insolente que D. Laureano, avergonzado, no pudo menos de salir por su dignidad.

—¡Niña, niña, cuidado con la lengua! Mira que te puede costar un disgusto.

—¿A mí? ¡Ja, ja! ¡Qué infeliz eres!

—¡A ti, sí, desvergonzada!—profirió colérico el tenorio avanzando hacia ella con ademán amenazador.

Concha permaneció absolutamente inmóvil con una calma provocativa capaz de irritar a un santo.