Sus labios perdieron, no obstante, el hermoso carmín que tenían y sus grandes ojos negros brillaron con expresión sombría.
—No corras tanto, que puedes tropezar—dijo con sosiego impertinente, mientras una sonrisa de burla contraía sus labios descoloridos.
—Ahora verás—dijo Romadonga mordiendo los suyos de coraje, abalanzándose a ella.
—No me toques, que puedes pincharte—manifestó con la misma tranquilidad, sin mover un dedo siquiera.
—¡Sí te toco! ¡te toco, deslenguada!—gritó aquél, ciego de ira, sacudiéndola violentamente por un brazo.
Concha cambió repentinamente de actitud. Todo lo que antes fue calma y sorna se convirtió en feroz exaltación. Luchó valerosamente por desasirse chillando al mismo tiempo.
—¿A mí me pegas tú, viejo gorrino? ¿A mí? ¿a mí?
No logrando arrancar de sí las tenazas que la oprimían, le echó la mano a la cara y le clavó en ella las uñas.
La lucha había hecho rodar algunos vasos. Carlota estaba aterrada: se había refugiado en un rincón, mientras Mario, ayudado por el mozo que había acudido al ruido, trataba inútilmente de separarlos. Al cabo de muchos esfuerzos lo consiguieron.
D. Laureano tenía un arañazo en la mejilla, del cual brotaban algunas gotas de sangre.