—¡Qué loca! ¡qué loca!—decía limpiándose con el pañuelo.—Perdonen ustedes el mal rato.
Concha, en pie debajo del dintel de la puerta, se arreglaba con mano nerviosa la ropa y los cabellos.
—Ven aquí—dijo en tono imperioso a su querido.
Pero éste hizo un gesto de desprecio y se volvió hacia el matrimonio para disculparse.
—¡Vaya unos postres que les he dado!... ¿Quién iba a suponer?... Carlota, usted es muy buena y me perdonará esta grosería.
—¡Ven aquí!—gritó con más furia la joven.
D. Laureano la miró, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza con indignación.
—¡Allá voy, escandalosa, allá voy!—respondió entre resignado y furioso, y volviéndose a los esposos añadió bajando la voz:—Me voy por evitarles otro disgusto. El peor de los males no es tratar con animales, sino con locos. Perdonen ustedes. Buenas noches.
Y salió detrás de su querida. En el pasillo se oyó la voz de la chula que decía dirigiéndose al mozo:
—Chico, traiga usted un poco de agua y vinagre.