Los esposos quedaron solos. Se miraron uno a otro con asombro, y ambos a la vez soltaron la carcajada.

—Me parece—dijo Mario cuando hubo sosegado la risa—que D. Laureano ha infundido demasiada vida a esa chica.

XI

Repitiéronse metódicamente aquellos festines conyugales todas las semanas. Esta singular posición les apenaba y alegraba a un mismo tiempo. Sentían dolor cuando pensaban en que vivían separados, como si no estuvieran unidos para siempre por vínculo indisoluble. Pero sus entrevistas tenían por esto mismo sabor dulcísimo, un encanto especial que compensaba todos sus dolores. Hasta que una noche sintió Carlota los precursores del alumbramiento. Se envió recado al médico y a Mario, y éste corrió desalado a la casa de sus suegros, pisándola otra vez contra la voluntad de su esposa. Vino al mundo un niño robusto y hermoso. Según los datos suministrados por algunas vecinas que asistieron o tuvieron conocimiento inmediato de su presentación, había motivos para afirmar que poseía además ingenio profundo y ameno a la vez, unido a un corazón verdaderamente heroico.

Con tal motivo, Mario siguió entrando en la casa, aunque sin comer ni dormir en ella. Su suegra, viéndole en camino de hacerse independiente, le acogía con más agrado, pero siempre mostrando reserva, apercibida a romper toda relación en cuanto tuviese la osadía de quedarse sin qué comer. D. Pantaleón comenzó a sentir por él una predilección tan señalada que el muchacho estaba sorprendido. Al fin paró en lo que paran generalmente estas predilecciones repentinas, en leerle un par de folletos manuscritos que pensaba dar muy pronto a la imprenta. El uno se titulaba Ensayo para una patología administrativa; el otro era una Terapéutica del comercio. Se estudiaba en ellos lo mismo la administración pública que el comercio desde un punto de vista fisiológico, con los modernos métodos de la ciencia positiva, explicándose admirablemente los reglamentos y los aranceles por la acción combinada de las fuerzas naturales, como un simple fenómeno de la vida orgánica, sin necesidad de acudir para nada a la voluntad de los directores y jefes de sección.

Todavía le dio otra prueba de particular confianza y afecto. Después que le hubo hecho saborear los interesantes fenómenos patológicos que su penetrante inteligencia había logrado arrancar a la vida administrativa y comercial, un día le llamó aparte con misterio y le dijo:

—Te voy a enseñar, Mario, una cosa que te ha de sorprender y admirar.

Abrió el cajón de la cómoda y sacó una cajita de madera, y de ella un sello de cauchouc. Tomó un papel blanco después y lo selló.

—Mira.

—¿Qué es esto?