Y como viese el asombro pintado en el rostro de su hijo político, añadió con sonrisa triunfal:
—Lo he escogido como blasón por ser un símbolo. El zoófito es el primer peldaño de la escala animal. De él procede todo el género humano. Por lo tanto, así como los nobles ponen en sus escudos las hazañas de sus abuelos, yo, como hombre de ciencia, pongo en el mío con orgullo el primero de mis antepasados. ¿Qué te parece? ¿No es una idea feliz?
Mario le contempló con la misma estupefacción, pero sin revelar que se hallase poco ni mucho admirado. Y es porque su espíritu aún no se hallaba maduro para las grandes concepciones científicas.
Luego su suegro le llevó a la buhardilla, donde él había modelado en otro tiempo, y le mostró un verdadero laboratorio. Frascos, retortas, cristales, cacharros grandes y pequeños, se hallaban esparcidos por el suelo y sobre una gran mesa de cocina. Allí era donde don Pantaleón y su amigo Moreno se encerraban para impulsar el progreso de la humanidad.
—De esta pequeña buhardilla saldrá al fin algo que el mundo acogerá con asombro y aplauso—dijo con profética iluminación poniendo una mano sobre el hombro a su yerno.
Éste volvió a mirarle estupefacto.
—¿Tiene usted algún proyecto?
El ingenioso Sánchez no contestó. Quedó largo rato pensativo, y por sus grandes ojos tristes, meditabundos, pasó algo grandioso.
—Sí, tengo un proyecto—dijo al cabo con voz solemne, llevándose una mano a la frente.—Es un proyecto grande, asombroso. Nadie tiene de él conocimiento, ni el mismo Moreno. No saldrá una palabra de mis labios mientras no lo haya realizado.
Mario no quiso preguntarle más, respetando su silencio, y cambió de conversación.