—D. Godofredo no sale nunca después de almorzar—dijo otra.
—Espera a D. Jeremías para tomar café. No hace más que un momento que ha llegado—manifestó la última.
—¡Ah! ¿Tiene visita? Entonces me vuelvo—replicó Mario retrocediendo.
Pero ya una de las viejas había cerrado la puerta.
—¡Cómo! ¡No faltaba más! Pase usted, caballero, pase usted. D. Jeremías no es visita. Siga, siga, señor; siga adelante.
Y las tres le empujaban por el pasillo hablando a un tiempo, asustadas sin duda de que por motivo tan baladí quisiera destruir su felicidad.
El pasillo resplandecía de blancura. Aquí y allá había colgadas algunas estampas piadosas. Mario creía percibir el olor del incienso. Al llegar a cierta puertecita adornada con una cortina de cuero, como sólo se ve en las iglesias, una de las viejas llamó con los nudillos.
—¿Se puede?
—Adelante—respondió de adentro una voz que no era la de Godofredo.
La vieja levantó el pestillo y empujó la puerta. La estancia que apareció a los ojos de Mario semejaba talmente una capilla. Había allí tanta estampa con marco dorado, tanto fanalito, tantas palmas y flores contrahechas, que sorprendía no oír el sonido del órgano y el rezo de los fieles. Las cortinas de damasco con una franja de galón dorado. Los muebles viejos y lustrosos por el uso. Había una cómoda con un San Antonio de madera encima y dos candeleros de plata a los lados, que parecía exactamente un altar. Para que la semejanza fuese más completa, había también su pila de agua bendita.