En aquel tabernáculo no podía alojar un hombre como los demás, sino un alma pura y virginal, una blanca paloma, un cordero místico, un San Luis Gonzaga o una Santa Catalina de Sena. Mario notó, al poner el pie dentro, el perfume de placidez y candor que exhalaba y sintiose poseído de respeto. Sin embargo, en el fondo de la estancia no había ningún ángel en oración o virgen en éxtasis, sino dos hombres tomando café al pie de un velador y saboreando copitas de ron. D. Jeremías Laguardia, muellemente recostado en una mecedora, chupaba un tabaco habano de tamaño disforme. Se había quitado los manteos, quedándose en sotana, libre y desembarazado como si estuviera en su casa. Godofredo se levantó apresuradamente al ver a Mario y sus cándidas mejillas se tiñeron de vivo carmín.
—¿Tú por aquí? ¡Cuánto me alegro!
Y le abrazó cariñosamente y le obligó a sentarse, poniéndole una copa delante.
D. Jeremías no se levantó. Su cortesía se satisfizo con incorporarse levemente y enviar al advenedizo, a guisa de saludo, una mueca que quería parecer sonrisa. Mario se sintió cohibido. Aquel cura no le era simpático.
Godofredo, repuesto de la sorpresa, se mostró amabilísimo con su amigo, le colmó de atenciones, hablando sin cesar. De tal modo, que parecía evitar cuidadosamente por medio de una conversación varia e interesante que Mario tuviese ocasión para decirle a qué había venido. Pero éste se mostraba a cada instante más taciturno. Bruscamente le dijo:
—Godofredo, necesitaba hablarte algunos instantes a solas. Tú me dirás a qué hora puede ser.
—¿A solas?—preguntó el terso joven, ruborizándose de nuevo.—¿Por qué a solas?
—Pueden ustedes hacerlo ahora mismo, porque yo me voy—dijo el presbítero levantándose.
Pero Godofredo le tiró de la sotana y le obligó a sentarse de nuevo.
—De ninguna manera, padre. ¡No faltaba más! Todo lo que Mario ha de decirme puede usted escucharlo muy bien. ¿Verdad, querido?—añadió dirigiéndose a su amigo con amable sonrisa.