Mario quedó confuso.
—Sin embargo, podemos dejarlo para otro día... Yo quisiera que nuestra conversación fuese sin testigos.
—¡Si el padre Laguardia es mi director espiritual!—exclamó el piadoso joven volviendo hacia éste su rostro iluminado por una sonrisa de afección filial y sumisión.—Cuanto puedas decirme no importa que sea escuchado por él. Si no tiene importancia, porque es indiferente que lo sepa. Si atañe a mi conciencia, porque estoy obligado a comunicárselo en el tribunal de la penitencia.
La fisonomía nerviosa del presbítero ejecutó algunas fuertes contracciones. Para mostrarse enteramente neutral dio un largo chupetón al cigarro, envió la bocanada de humo al aire y se quedó mirando al techo.
La sorda irritación que Mario abrigaba contra su amiguito creció. Pensó que no quería quedarse a solas con él por miedo a las recriminaciones. Y resolviéndose de pronto dijo con cierta aspereza:
—Pues bien, el objeto de mi visita ya debes suponerlo.
Godofredo le miró con ojos de asombro, tan dulces y candorosos que su irritación se calmó un poco.
—No quiero que supongas—añadió evitando su mirada—que nadie me envía a ti. Lo mismo mi cuñada que sus padres tienen bastante dignidad para no acordarse más del santo de tu nombre. Pero has sido mi amigo hasta ahora, me has dado parte de tu matrimonio con mi hermana política, y al romperlo tan bruscamente creo tener derecho a pedirte una explicación. Deseo saber si desde que este señor ha ido a casa de mis suegros a pedirles la mano de Presentación tienes algún agravio de ellos o de ella.
Godofredo se puso rojo de nuevo y luego pálido. Al cabo balbució con trabajo:
—Yo creo que mi carta...