—Tu carta es un verdadero cien pies. Después de haberla leído con cuidado dos veces, nada he sacado en limpio. Hay en ella una vaguedad que parece premeditada y hasta ofensiva. Reconozco tu derecho a romper un lazo que la ley no había consagrado todavía, pero debes de comprender que sobre la ley está la decencia, y que entre personas decentes la palabra algo vale. El que la rompe sin motivo podrá no tener pena, pero desde luego queda castigado en la conciencia de las personas honradas.

—¡Mario, por Dios! Me estás tratando con mucha dureza—respondió atribulado el joven, haciendo pucheros para llorar.

—Va usted a dispensarme que intervenga en este asunto—manifestó entonces el presbítero con voz que parecía el chirrido de una bisagra enmohecida, incorporándose un poco y llevándose nerviosamente la mano a las gafas para sujetarlas.—Las relaciones que mi amigo Llot sostenía con su señora cuñada han terminado no porque mediase agravio alguno, sino por un deber de conciencia.

—¡Ah, no sabía que Godofredo tuviese un compromiso de honor! De todos modos, debiera declararlo antes del paso que ha dado, o usted en su nombre.

—No es eso, querido, no es eso—repuso el cura con sonrisa de lástima, recostándose de nuevo y chupando el cigarro.—No se trata de un compromiso como el que usted supone maliciosamente. Mi amigo Llot es un joven de costumbres intachables. ¡Ojalá hubiese muchos como él! Lo que hay es que por las cualidades que Dios le ha concedido se le ofrece un porvenir brillante, y que este porvenir brillante puede ser cortado por un matrimonio hecho a tontas y a locas, esto es, sin ciertas condiciones que yo juzgo de absoluta necesidad en este caso.

Mario se sintió molestado por estas palabras y replicó con viveza:

—¿Pero qué tiene que ver con esto el deber de conciencia de que usted hablaba?

—¡Ahí verá usted!—replicó el presbítero con la misma sonrisa de lástima. Y añadió después de una pausa que se prolongó hasta rayar en la insolencia:—Los hombres a quienes la Providencia tiene reservados ciertos destinos, Sr. Costa, no se pertenecen.

Mario quedó sorprendido.

—¡Ah! ¿De modo que porque Godofredo tiene un porvenir brillante está exento de cumplir sus palabras?