—¡Eso es!—replicó el padre Laguardia, sonriendo de igual modo insolente.
Levantó un poco los pies para mecerse y chupó el cigarro con voluptuosidad.
Aunque nuestro joven no tuviese un temperamento irritable, antes al contrario había dado siempre pruebas de paciencia, los modales groseros, despreciativos, del presbítero estaban a punto de hacérsela perder.
—El porvenir de Llot—se dignó al cabo decir—es de un género particular. En la actualidad, como usted debe de saber, no es fácil hallar hombres que desde el comienzo de la vida manifiesten sentimientos piadosos, se unan con el corazón y la inteligencia a la doctrina de nuestra madre la Iglesia. La juventud está corrompida hasta los huesos. No hay muñeco que no haga gala en el día de pisotear los preceptos religiosos. Así, cuando aparece un joven como Llot, que a un corazón puro y a una piedad ardiente une el talento, la ilustración, la elocuencia...
—¡Padre, por Dios!—exclamó Godofredo angustiosamente.
—Cuando al talento, la ilustración y la elocuencia—siguió Laguardia sin mirar hacia él y dirigiéndose siempre a Mario—une además la modestia, entonces cualquiera puede decir: «Ese muchacho está llamado por Dios para algo grande, para ser un baluarte de la fe y combatir los perniciosos errores que andan esparcidos por el mundo.» Los que tenemos la dicha de mantenernos firmes en medio de la tempestad, los que flotamos por la gracia de Dios en este mar de la incredulidad, tenemos el deber de ayudarle. Ahora bien, un matrimonio realizado con ciertos requisitos que no necesito explicarle puede matar en flor las esperanzas que sobre él tenemos fundadas.
—Usted me permitirá. Yo pienso que un hombre debe portarse bien en todos los momentos de su vida, cualesquiera que sean las esperanzas que sobre él funden sus amigos.
—Hay que distinguir, amigo; hay que distinguir—dijo el presbítero volviendo a su actitud grosera.—Los hombres no somos iguales. Hay deberes generales a todos y los hay particulares a cada uno según sus circunstancias. Si Llot fuese un cualquiera, un empleadillo de mala muerte, eso que usted dice estaría perfectamente. Siendo un hombre excepcional no puede sacrificar deberes altísimos a otros más pequeños, teniendo en cuenta que en sus relaciones amorosas nada hubo que pueda perjudicar en lo más mínimo la honra de su señora cuñada.
Mario se sintió herido y confuso. Pensó, y acaso no le faltaba razón, que lo del empleadillo de mala muerte iba con él. La sonrisa despreciativa del presbítero le enrojecía la cara como una bofetada.
—Dígale usted ahora, padre—profirió Godofredo,—que yo, en este asunto, no he hecho más que acatar los consejos de mi confesor.