D. Carlos le tomó una mano y la llevó suavemente á los labios. Tampoco el aya hizo el menor movimiento.
—¿No oyes, dí, no oyes?—dijo entonces sacudiendo aquella mano.—Soy yo.
—¿Qué hay?—repuso ella volviendo lentamente la cabeza.
—Te digo que tengo el humor muy negro, que me ahoga la bilis y que en este momento al menos necesito que seas un poco más humilde que de ordinario. ¿Lo entiendes?—profirió reprimiendo con esfuerzo la cólera.
La institutriz le miró con sorpresa á la cara, y después de contemplarle con atención unos instantes, convirtió de nuevo sus ojos á la lumbre, haciendo una imperceptible mueca de desdén.
El conde siguió contemplándola con mirada colérica un buen espacio. Luego se alzó bruscamente y comenzó á dar paseos por la estancia. Al cabo de un rato miss Florencia levantó la cabeza y le dijo con acento más suave:
—Siéntate. ¿Qué mala hierba has pisado hoy?
El conde vino de nuevo á acomodarse en la butaca, tomó uno de los hierros y escarbó la lumbre con ademán distraído. Después de larga pausa dejó el hierro en su sitio y sacó del bolsillo un papel que presentó al aya.
—Mira lo que acaban de entregarme.
Miss Florencia lo acercó á la chimenea y pasó sus ojos por él.