—Un anónimo—profirió sonriendo y entregándoselo de nuevo.

—Sí, un anónimo... ¿Por qué sonríes?

—Porque me causa mucho placer que te agite tanto la pérdida del cariño de tu esposa.

—¡No es eso, no es eso!—exclamó D. Carlos con impaciencia, herido por el tono irónico de aquellas palabras.—Respecto al cariño que nos tenemos, demasiado sabes á qué atenerte. Pero por encima del cariño hay otra cosa mucho más importante para mí, que es la honra.

—Dí el amor propio.

—Bien, pues el amor propio. Aunque entre nosotros no exista hace tiempo verdadero matrimonio, el lazo social que nos une no se ha roto. Ella tiene el deber de respetarlo... Si no lo respeta—añadió sordamente,—nos veremos.

Miss Florencia dejó escapar una risita maligna.

—¡Es gracioso! ¡es gracioso!

—¿El qué es gracioso?—preguntó él cogiéndola por la muñeca y apretándola convulsivamente.

La institutriz se puso un poco pálida, pero dijo con calma sin dejar de sonreir: