—Te advierto que me estás haciendo daño.

—Dí, ¿qué es gracioso? ¿qué es gracioso?—repitió el conde sacudiéndola rudamente.

—Vuelvo á decirte que me haces daño. Yo no soy la condesa de Trevia, sino una pobre institutriz. No merezco ser tratada con tanta confianza.

El conde aflojó la mano y la miró fijamente.

—¿Se puede saber qué es lo que hallas gracioso en este paso?

—Es gracioso el suponer que la condesa había de sufrir toda la vida sin buscar el desquite.

D. Carlos quedó un instante silencioso. Al cabo dijo alzando los hombros:

—Está bien. Que lo busque. Pero al final de esos desquites es fácil tropezar con una bala.

Guardaron ambos silencio obstinado mucho tiempo.

—¿Y tú conoces al Romeo?—preguntó al fin el conde.