—¡Ya lo creo!—respondió el aya sin mirarle.—¡Y tú también!

—¿Por qué no me has llamado la atención hasta ahora? Ni una palabra ha salido de tus labios.

—Los criados no deben mezclarse en los asuntos de los amos.

—¡Ya pareció la gotita de hiel!—exclamó levantándose de nuevo y paseando por la estancia.

Al cabo se acercó por detrás á su querida y, tomándole el rostro entre las manos, le dijo inclinándose:

—No hablemos más de eso. Seamos felices. Hace ya algún tiempo que me tratas con mucha crueldad, ingrata. Mis caricias no logran despertar en tu corazón un movimiento de ternura ni en tus labios una sonrisa. Á medida que mi amor crece parece debilitarse el tuyo. Te encuentro muy fría.

—Fría no, respetuosa.

—¡Otra vez!—exclamó el conde riendo.—Demasiado sabes—añadió sentándose y acariciándole una mano—que de hecho no hay en esta casa más señora que tú hace tiempo. Los criados, los niños, la condesa... yo mismo, pasamos la vida mirando tu semblante, estamos pendientes de la expresión de tus hermosos ojos como el marino de las mudanzas del cielo. Te has apoderado de todo mi ser. Te amo tanto, que por un cabello tuyo daría cien vidas si las tuviera.

El conde pronunció las últimas palabras con una pasión que nadie sospecharía en su temperamento impasible.

La bella extranjera sonrió como una diosa que percibe el olor del incienso. Se levantó para añadir un leño al fuego y vino luego á sentarse sobre las rodillas del conde con el silencio y la delicadeza de una gata. Los ojos opacos de aquél brillaron al sentir el blando peso. El fuego lanzaba sobre ellos reflejos maliciosos.