—Yo también soy feliz con tu amor—le dijo suavemente al oído.—En mis horas de sueño, en los momentos en que fabricaba castillos en el aire nunca pude imaginar tanta dicha. Es más: yo pensaba que el amor estaba vedado para mí. Dios me ha criado con un corazón poco sensible. Dicen que soy orgullosa, fría, áspera, y acaso tengan razón. Pero tú no puedes quejarte, porque te has logrado introducir en el único rincón apacible que hay en mi alma. Si tú no me hubieses enseñado lo que es amor, moriría sin conocerlo, porque ningún otro hombre haría lo que tú has hecho. Acuérdate de las humillaciones que has sufrido, las lágrimas de fuego que has derramado, las noches en vela pasadas á la puerta de mi cuarto...
—Sí, sí; ¡me lo has hecho pagar caro!—exclamó el magnate riendo.
—¿Te pesa de la compra?—dijo la extranjera tirándole de la oreja.
—Nada de eso. Estoy conforme con el precio, y aun daría algo más encima.
—Y yo me alegro de haber caído á pesar de mi orgullo... Pero, te lo confieso; aunque me haga feliz tu amor, tengo momentos en que soy muy desgraciada. No puedo olvidar la posición, no ya humilde, sino deshonrosa que ocupo en esta casa. Cada una de las muestras de respeto que prodigas á tu mujer en público es una saeta envenenada que viene á clavarse en mi corazón. No te las recrimino, porque los caballeros ilustres no pueden portarse como los gañanes, pero me hacen mucho daño. Entonces (dispénsame esta niñería) me miro al espejo y me pregunto: ¿No tengo yo porte de condesa? ¿Mis manos no son finas y delicadas como las de una dama? ¿Mi cuello no es erguido y esbelto? ¿Tengo por ventura los ojos humildes y rastreros como una sirviente?... Y, sin embargo, á pesar de esto y á pesar de tu amor, jamás, jamás seré otra cosa que una doméstica distinguida. ¡Oh, no sabes el efecto que produce en mí tal idea! Hay momentos en que resuelvo tomar mi ropa, huir de tu lado y buscar en el mundo algún rincón oscuro donde ocultar mi vergüenza.
El conde la apretó amorosamente contra su pecho y la cubrió de besos. Quedó después largo rato inmóvil con los ojos en el fuego, grave y pensativo. Al cabo dijo:
—¡Quién sabe! ¡quién sabe! El mundo da muchas vueltas.
—Para mí no dará más que una... ¡La vuelta final!
—¡Calla, calla!—exclamó él riendo y tapándole la boca.—No puedes deshacerte de esas ideas lúgubres y románticas, porque tienes el cerebro atestado de folletines.
—Porque lo tengo lleno de tu amor y temo perderlo—manifestó ella, apretándole á su vez con pasión.