Poco á poco se fué apoderando de su espíritu una gran repugnancia, una repugnancia invencible. Al mismo tiempo empezó á brillar en sus ojos la firme decisión de no decir palabra de su gravísimo asunto al hombre de sotana que tenía cerca y de marcharse al instante de aquel sitio. Se había equivocado. Allí no encontró el salvador que buscaba. Todavía, no obstante, permaneció clavado en la silla como si el cuerpo se negase á obedecer las órdenes apremiantes del espíritu. El clérigo prosiguió diciendo:

—El único joven que en esta comarca se encuentra en condiciones de ser un hombre influyente en la política es usted, señorito. Ya sabe que no soy adulador y que se lo digo como lo siento... No porque la modestia lo tape se deja de reconocer el mérito donde lo hay... Pero no se me afilie, por Dios, en ese rebaño de charlatanes y chorlitos como el hijo de D. Lino Pereda, porque entonces no conseguirá nada... Si usted comprende sus intereses, no debe separarse del partido de los hombres serios y respetables... Los partidos avanzados están llenos de jóvenes, y para que uno de ustedes llegue á brillar es necesario que sea una eminencia, y aun así jamás adquiere respetabilidad. En cambio el partido católico tiene consigo toda la riqueza del país y toda la aristocracia, pero le hacen falta jóvenes, por lo cual no es difícil que un muchacho de valer como usted logre distinguirse pronto... Créame á mí, señorito, créame á mí... Es el Evangelio lo que usted está oyendo. Para alcanzar dentro de pocos años una posición brillante y mandar como jefe en este distrito y acaso en la provincia, no tiene más que hablar con prudencia, alternar con las personas sensatas del pueblo, cumplir con los preceptos de la Iglesia y dejarse estar... dejarse estar... Lo demás corre de nuestra cuenta... Los curas valemos poco... es verdad... pero todavía... todavía... todavía... Hoy por hoy, lo que le conviene es apoyar con decisión la candidatura del señor conde de Trevia... Hará usted un gran favor á la buena causa y adquirirá la consideración de todos los hombres sensatos. Mañana será otro día... El conde no ha de ser siempre diputado, señorito... y cuando llegue la ocasión, todos arrimaremos el hombro y le ayudaremos á empinarse...

Octavio sintió un fuerte estremecimiento al oir el nombre del conde de Trevia, como si despertase de un sueño profundo. De pronto se alzó de la silla y dijo con tono resuelto que no admitía réplica:

—No me siento bien en este momento, señor cura. Otro día hablaremos del asunto que aquí me trajo. Hasta la vista.

Y sin aguardar contestación salió como un huracán por la puerta, dejando altamente sorprendido al clérigo. Al llegar á la calle, sin detenerse un punto, dióse á correr por la margen del riachuelo en dirección á la montaña. «Después de todo, se iba diciendo, el conde aún no sabe quién es el amante de su mujer.»

Y los que por allí cruzasen á la sazón observarían, no sin sorpresa, que el pálido semblante del señorito resplandecía como el de las estatuas de los héroes, y su cuerpo afeminado parecía hecho de acero al escalar los primeros riscos de la Peña Mayor.

XVI
Las heces del cáliz.

SALIERON solos. El conde había dormido mal y necesitaba todavía algún descanso. Les dijo, por medio de uno de sus monteros, que podían ir andando, pues no tardaría en alcanzarlos.

La mañana estaba nublada y fresca. El toldo de nubes que cerraba herméticamente el horizonte no era, sin embargo, muy espeso: la luz pasaba por él sin trabajo. Del lado del Oriente se percibía la redonda masa inflamada del sol, prisionero entre cendales plomizos. Un vapor trasparente y azulado llenaba todo el espacio y descomponía y borraba los contornos de los objetos dejando en ellos únicamente el color, y á veces sólo la mancha. Allá en los rincones del valle todavía se observaban algunos jirones de niebla, algunos pedazos blancos de muselina que no consiguieron levantarse y que se movían temblorosos entre el amarillo follaje de los árboles. La claridad sembraba de variados matices el llano y las montañas, compensando en cierto modo la monotonía del cielo. Sobre el color verde dominante de las praderas resaltaban las grandes manchas negras y rojas de la tierra labrada. Al lado de las blancas rocas calizas se alzaban los grupos de árboles vestidos á medias de hojas amarillas. La tierra traspiraba copiosamente. El musgo de las laderas ahumaba bajo los tibios rayos del rebozado sol: de cada hilo de hierba pendía una gota de agua.