Nuestros cazadores caminaban lentamente. El aliento que salía de sus bocas se cuajaba en la atmósfera. La condesa iba ceñida por un riquísimo abrigo forrado de pieles, y ocultaba su rostro, encarnado como una cereza por el fresco de la mañana, debajo de enorme y caprichoso sombrero de paja. Pedro, en traje de cazador, marchaba llevando sobre el hombro una carabina de dos cañones y la de su señora, que era un primoroso juguete encargado exprofeso por el conde á Inglaterra. El semblante del mayordomo expresaba una melancolía grave y profunda que su pareja no echaba de ver, á juzgar por el tono indiferente que imprimía á las palabras que de vez en cuando cruzaba con él. Pocas eran las que habían salido de los labios de Pedro en la media hora que llevaban de camino. Marchaba distraído, con la mirada perdida en las nieblas del horizonte, absorto en vagos y tristes pensamientos. Los celos le tenían asida el alma desde el encuentro que por la noche tuviera con Octavio. Mas era su amor tan tímido, á pesar de las victorias alcanzadas, que no osaba decir una palabra de tal escena á la condesa. Su corazón sencillo no tenía conocimiento de las mil estratagemas que se emplean tan á menudo para sorprender los pensamientos y las intenciones de los otros, sin dejar ver las nuestras. Por otra parte, su naturaleza ruda y leal rechazaba por instinto la perfidia. Así que, ante la presunción de ser engañado por la mujer que amaba, su pensamiento se revolvía aturdido como el pájaro que penetra casualmente en una sala.

Al fin la distracción llegó á ser tan manifiesta que la condesa se le quedó mirando un rato y le preguntó con inquietud:

—¿Qué tienes?

—¿Yo?... Nada.

—Sí tal... Algo te pasa... ¿Por qué estás triste?

—No estoy triste.

—¡Oh! No puedes engañarme, Pedro. Si no te pasara algo que te causa pena, dada la suerte que hemos tenido de salir solos, irías contento como otras veces... Á menos—añadió lanzándole una mirada entre cándida y maliciosa,—á menos que no te vayas cansando de mí.

Pedro se puso rojo y balbució algunas palabras incoherentes para protestar de aquella suposición que le lastimaba el alma. Laura se cercioró aún más de su tristeza, y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo con mimo:

—Vamos... díme, querido, ¿qué tienes?

El mayordomo dió todavía algunos pasos sin contestar. Una lágrima tembló en sus negras y largas pestañas, y bajó rodando silenciosa por la mejilla. Laura al verla exclamó con sobresalto: