—¿Qué es eso? ¿Por qué lloras?
—Porque no me quieres.
El semblante de Laura se serenó, y medio riendo repuso:
—¿Y cómo has llegado á averiguar eso, pícaro?
—No me martirices, por Dios... Tengo aquí en el lado izquierdo un dolor tan vivo, que parece que me están abriendo el pecho con garfios... Quiero más morir que padecerlo... Escucha; voy á hacerte una pregunta... Según como contestes, así me matarás ó me darás la vida... ¿Prometes decirme la verdad?... ¿Lo prometes por la salud de tus hijos?...
—No necesito jurar para decir verdad... pero sí... te lo juro por la salud de mis hijos... Habla...
—¿Estás enamorada ó sientes algún interés por el hijo de D. Baltasar Rodríguez, por ese joven rubio que viene á menudo al palacio?
—No.
La condesa pronunció esta negación con tal fuerza y mostrando tanta seriedad, que Pedro, sintiendo de improviso una alegría inmensa, infinita, quedó, sin embargo, confuso. No supo más que decir mirando al suelo:
—¡Perdóname!