—Estás perdonado; pero mira... no vuelvas á hacerme preguntas tontas... Tenemos demasiadas cosas en que pensar, para ocuparnos en llorar celos ridículos.

No necesitó más el mayordomo para quedar enteramente sosegado. La palabra de la condesa hizo la luz en su atribulado espíritu, y dejó escapar un suspiro de satisfacción, como si le hubiesen quitado una losa de plomo de encima de los hombros. Ni se atrevió, ni quiso preguntar más. Tenía bastante con la mirada límpida y franca que su dueña le dirigió al responderle. Tornó á brotar en su pecho la pura alegría que siempre le acompañaba, manifestándose al exterior de una manera infantil. Empezó á charlar por los codos y á caminar con más celeridad. De buena gana hubiese dado brincos. Cuando alguna rama ó vástago importuno interrumpía el camino, ya de muy lejos se daba á correr para separarlo y que la condesa pasase cómodamente. Si percibía entre las zarzas alguna madreselva, aunque se arañase las manos, ya estaba saltando á cogerla para ofrecérsela. Otras veces procuraba quedarse atrás para contemplarla á sabor. La condesa sentía sobre su espalda la mirada amorosa del joven, y sonreía.

Caminaban por la margen del río, cuyo declive hasta entonces había sido bastante suave. Poco á poco, y á medida que se iba estrechando la cañada, fué haciéndose más agrio y más violento. Cesaron las praderas y empezaron los bosques de hayas, que se extendían por entrambas laderas hasta perderse de vista. Los perros se internaron por ellos rastreando algún corzo ó robezo; pero Laura no quería cazar, y Pedro los hizo venir inmediatamente con un silbido.

—¿No te parece que dejemos la caza para cuando él venga? Subamos mientras tanto al lago; no me canso de verlo. En la primer cabaña que encontremos podemos dejar dicho dónde estamos...

El mayordomo lo halló todo muy bien, y siguieron andando. La selva ofrecía un aspecto mágico. El otoño, dorando por entero muchas de sus hojas, haciendo palidecer levemente á otras y dejando verdes las menos, la había convertido en un rico manto de brocado que cubría los formidables hombros de la montaña. El rumor que de ella venía no era, como en la primavera, dulce, sino desapacible. Los olores, acres y punzantes.

Los pies de los cazadores trituraban las hojas secas de que estaba sembrado el camino. Al cabo de algún tiempo terminaron los bosques y empezaron de nuevo las praderas, que se apartaban bastante de las del llano, pues no eran como éstas de un verde claro, sino oscuras y tersas: la hierba, en extremo tupida y menuda. Así que dejaron el bosque toparon con una cabaña, donde hicieron alto. El pastor les sirvió leche acabada de ordeñar, y quedó avisado para decir al conde y á sus monteros que no tardarían en descender. Y continuaron su interrumpida marcha por la senda que serpeaba á la vera del arroyo. La pendiente se hizo muchísimo más agria. El arroyo, en vez de desatarse sereno y cristalino como abajo, se despeñaba en espumosos tumbos asordando á los viajeros, los cuales se detenían con frecuencia á tomar aliento. Con el pecho anhelante y las mejillas pálidas, quedábanse uno frente á otro sonriendo.

—¿Estás fatigada?

—Algo.

—¿Quieres que te lleve en brazos un poquito?

—Ni un poquito, ni un muchito... Tú me juzgas demasiado débil, Perico... Es necesario que te vayas convenciendo de que soy una aldeana en toda la extensión de la palabra... Y si no, mira... mira...