La condesa emprendía á correr desaforadamente por el monte arriba; pero á los pocos pasos dejábase caer jadeante sobre el césped, llamando burlón y cazurro al joven porque se estaba riendo. Entonces éste acudía á levantarla, cogiéndola por ambas manos. Pero la nueva aldeana se hacía la pesada: era necesario tomarla por la cintura para ponerla en pie. El viento del puerto, cargado de aromas saludables, los tornaba retozones como cabritillos. Escuchábase á lo lejos el sonido de los cencerros y veíanse pastar tranquilamente algunos ganados. Dejaron las márgenes del arroyo y se pusieron á ascender por una de las laderas, siguiendo un estrecho sendero que hacía eses. Pronto se borró el sendero y tuvieron que caminar sobre el musgo.

—Te advierto—dijo Pedro—que no tardaremos en tropezar con la niebla... Ya la ves ahí cerca...

—¿Y entonces?...

—Nada, yo tengo la seguridad de que no dura más de doscientos pasos y de que el corte de la Peña se encuentra á estas horas bañado por el sol... Pero si tienes miedo á la humedad podemos volvernos...

—No, no... de ningún modo... ¿Crees que vamos á ver el sol de veras?... Pues adelante.

En efecto, después de subir algo más por un áspero repecho, vestido casi todo él de tojo y retama, lo cual hacía muy penosa la ascensión, tocaron en la niebla y se internaron por ella. Pedro cogió de la mano á la condesa para que no cayese, en el caso de tropezar. Al poco rato sintieron húmeda la cara y las manos y se rieron como si les hubiese pasado alguna cosa placentera.

—Debemos parecer dos fantasmas, Pedro... ¿Será cierto que estamos dentro de una nube?

—¡Ya lo creo!

—¿De una de esas nubes que vemos correr por el cielo?

—¿Pues de qué otras quieres que sea?