—Porque estamos ofendiendo á Dios enormemente... porque estamos en pecado mortal... Si ahora nos muriésemos iríamos á dar al infierno.

—Yo sí... Tú no, porque eres una mártir.

—Yo soy una pecadora mucho peor que tú, porque he jurado delante de Dios guardar fidelidad á un hombre y he violado este juramento... Soy una mujer despreciable que está deshonrando á su marido... Mira, Pedro, te quiero con toda mi alma. Por ser libre y casarme contigo me resignaría desde ahora mismo á ganar el pan, como la última labradora, con el sudor de mi frente... aún más, me resignaría á mendigarlo de puerta en puerta... Pero no quiero perder mi alma ni la tuya... No puedo amar á mi marido, pero puedo serle fiel... Lo que estamos haciendo es muy criminal, y tarde ó temprano caerá sobre nosotros el castigo del cielo... ¿Por qué no hemos de amarnos puramente, sin manchar nuestras almas? Tal vez esto sea lícito... Yo me informaré del confesor... Detrás de ese cielo azul está Dios contemplándonos. Si ahora refrenamos nuestro gusto, iremos á juntarnos á él después de la muerte y podremos amarnos por los siglos de los siglos...

Pedro bajó la cabeza sin atreverse á contradecirla. La condesa le interrogaba con la vista. Al fin repuso:

—Ya no sé si es malo ó bueno lo que estamos haciendo. Tú dices que es malo, y lo será. De lo que estoy seguro es de que si dejas de quererme iré para el infierno irremisiblemente... Y en último resultado, faltándome tu amor, el cielo y el infierno son iguales para mí...

—¡Calla, calla!—exclamó ella tapándole la boca con una de sus manos.—¡No digas blasfemias!

Todavía prosiguieron algún tiempo hablando seriamente sin hallar ninguna solución que les contentase. Cuando agotaron el tema permanecieron tristes y silenciosos sin atrever á mirarse. Los ojos de entrambos se perdían en los repliegues del océano ondulante que se extendía á sus pies y parecían seguir con atención el vaivén de sus olas argentadas. Al fin, la condesa volvió la cara hacia Pedro y le dirigió una tierna sonrisa. Después aproximóse más á él y reclinó la cabeza sobre su fornido pecho, sin dejar de contemplar en silencio el espectáculo sublime de la Naturaleza.

Mas en aquel instante escucharon pasos á su espalda y se volvieron con presteza. El señorito Octavio estaba delante de ellos. Sin esperar pregunta alguna ni hacer caso de la sorpresa que en sus rostros se pintaba, les dijo con tono imperioso:

—¡Huid! El conde puede llegar de un momento á otro.

—Le estamos aguardando—contestó Pedro secamente.