—Pues haces mal en aguardarlo. Lo sabe todo y viene á matarte.
—Razón de más para que no huya.
—¡Eso es, hazle frente, y después de haberle robado la honra, mátalo!... Los valientes hacen las cosas por redondo. Eres un necio y un fatuo... Si no amas la vida ahora, no mereces la dicha que has logrado... ¡Huye, huye, insensato!... El valor no consiste en despreciar la vida, sino en saberla perder á tiempo.
El viento había derribado el sombrero del señorito. El sol bañaba su revuelta cabellera dorada, que despedía fugaces destellos como en la mañana que por primera vez le vimos. Su faz, pálida entonces por el sueño, lo estaba ahora por la emoción. Pero sus ojos... ¡oh, sus ojos mudaron mucho desde entonces! Ya no eran aquellos ojos fríos y tímidos que resbalaban sobre los objetos sin penetrarlos. Brillaban con inusitado fuego.
Su figura delicada y endeble alzábase soberbia en el sitio más eminente de la roca y descollaba sobre el azul del cielo. Los dos amantes, situados en un lugar más bajo, desaparecían delante de él como desaparecen de los ojos del público los actores secundarios cuando entra en escena el protagonista del drama. La condesa, que se estrechaba, muerta de susto y vergüenza, contra su amante, le encontró desconocido.
—Huye, huye, por Dios, Pedro—dijo Laura con voz temblorosa.
—Sí, pero tú conmigo.
—Yo no puedo huir... Tengo hijos... Además, te serviría de estorbo...
—¿Y si pone la mano sobre ti?
—Ya sabes que no puede ser... Por infame que tenga el corazón, no llegará á tanta cobardía... El conde no tiene derecho sobre mi vida...