El semblante de Octavio se iluminó de repente al escuchar estas palabras y preguntó en seguida con ansiedad:
—¿Está usted segura, señora, de que su marido no intentará nada contra usted?
—Estoy segura.
—Ya lo oyes, Pedro... La condesa no necesita tu vida por ahora... Puedes marcharte sin temor.
Pedro comprendió que tenía razón; pero no hubiera cedido á no encontrarse con los ojos suplicantes de su amada. Al fin, posando los suyos sobre ella, y envolviéndola en una mirada grave y tierna, le dijo con acento enérgico:
—Hasta luego.
Y lanzándose por la pendiente abajo, desapareció á los pocos momentos.
El que siguió fué solemne para los dos seres que quedaban en la roca. La condesa ocultaba el rostro entre las manos. Octavio la contemplaba en silencio. Él fué quien primero lo rompió, exclamando:
—¡Está fuera de peligro! Conoce todos estos sitios á palmos. No daría con él un batallón entero, cuanto más un hombre. Ya no debe usted afligirse, señora...
—No me aflijo por él.