—¿Pues por quién?

—Por usted.

—¡Por mí!

—Sí; le he hecho á usted mucho daño... Conozco que tiene usted motivo sobrado para odiarme... y le pido perdón.

—¡Bah!—repuso el joven afectando tono indiferente.—Yo no tengo de qué perdonar á usted. Si me ha pisado el corazón, es porque me he empeñado en ponerlo debajo de sus pies. ¿Había de ser forzoso que usted se enamorase de mí?... Estas cosas no dependen de la voluntad... son fatales... El amor rara vez encuentra al amor en este mundo... ¿Por qué he de ser yo la excepción y no la regla?... No se preocupe usted por mí ni se aflija... Después de todo, las heridas que no matan de repente suelen cicatrizarse... La vida es un conjunto de lágrimas y quebrantos donde sólo muy pocos seres privilegiados recogen algunas flores.

Aquel tono indiferente no podía engañar á nadie. Hablaba con el corazón desgarrado. Sus palabras expiraban á menudo en la garganta, como el eco de un sollozo reprimido. Las que llegaban á los labios venían envueltas en lágrimas. Mientras las pronunció no apartó los ojos del nebuloso horizonte, que el sol teñía de grana. Laura adivinó perfectamente lo que pasaba en aquel espíritu ardiente y delicado, y guardó silencio.

Al cabo de un rato, el oído de Octavio, fino como el de un tísico, percibió entre la niebla un rumor. Volvió entonces el rostro hacia la condesa, y dirigiéndole una sonrisa le dijo con voz apagada:

—Hasta luego.

—¿Cómo? ¿Se marcha usted?

—Sí: pronto nos veremos.