El conde pronunció estas palabras con tal pausa y frialdad, que no es fácil comprender cómo no se helaron antes de salir fuera de los labios.

—Servidor de usted—dijo Octavio, con señales visibles de hallarse cortado.

—He oído hablar bastante de su papá—prosiguió el conde, con mayor pausa aún y sin apartar su mirada fría y escudriñadora del rostro del mancebo.—Es, según tengo entendido, una persona principal en la villa y ha ejercido varias veces el cargo de alcalde, ¿no es verdad?

—Ha sido alcalde, sí, señor.

—Sí, sí, he oído hablar bastante de su papá y le he visto también algunas veces durante mi corta residencia aquí.

Cesó la conversación de pronto. El conde se puso á mirar con indiferencia los árboles y las montañas que se percibían al través de los cristales. Octavio se obstinaba en sacudir con el junquillo los pantalones, haciendo saltar nubecillas de polvo, apenas perceptibles. La condesa se entretenía en jugar con los rizos de su niña, y la institutriz hacía bolitas de pan con los dedos, mirando fijamente al frasco de mostaza. Todos parecían estatuas, menos Octavio, que á menudo mudaba de postura haciendo rechinar la silla.

—Realmente, parece que han traído ustedes el buen tiempo consigo—dijo al fin.—Hoy es el primer día bueno desde hace lo menos quince.

—¿De veras?—dijo el conde, sin dejar de atender á los cristales.

—Sí, señor, sí; hemos tenido una temporada fatal... Y luego como aquí se ponen los caminos tan malos... Cuando viene uno de estos temporales, es necesario encerrarse en casa, hasta que Dios quiere.

Nuevo silencio. El joven, cada vez más cortado, extiende lentamente el brazo y, tomando por la mano á la niña, que la condesa tiene reclinada sobre el regazo, la atrae con suavidad hacia sí, la mete entre sus rodillas y, besándola, la dice muy quedo: