—¿Cómo te llamas?

—Emilia.

—Es un nombre muy bonito. ¿Quieres mucho á tus hermanos?

—Sí.

—¿Y á tus papás?

—Sí.

La niña, al pronunciar esta segunda afirmación, levantó los ojos del suelo y echó una rápida mirada á su padre. Éste dignóse al fin volverse hacia los presentes y se encaró con el señorito Octavio.

—Diga usted, señor Rodríguez, ¿su papá no fué el presidente de la junta revolucionaria?

—Sí, señor, lo fué en los primeros momentos, pero á los pocos días hizo dimisión. Aceptó el cargo solamente por compromiso, y para evitar los desmanes que, si no fuese por él, hubiera habido seguramente.

—Hizo perfectamente; ha sido un proceder muy noble.