—¡Oh, señores, qué pronto se han tomado ustedes la molestia de venir!

—Señor conde—dijo D. Marcelino,—estábamos impacientes por saber cómo habían llegado ustedes á la Segada. Aunque calienta un poco el sol, ya estamos acostumbrados á sufrirlo... ¿no es verdad, D. Primitivo?... Además, cuando las cosas se hacen con gusto... ¿eh? ¿eh?

Y reía bienaventuradamente D. Marcelino, y reía el conde, y reía D. Primitivo, y reía el cura, y hasta se reía el señorito Octavio.

—De todos modos, lo agradezco en el alma, señores. ¿Y qué tal, qué tal por estas tierras?

—Perfectamente.

No hay para qué manifestar quién pronunció este adverbio.

—En la última carta que le escribí, señor conde—dijo D. Marcelino,—le comunicaba todas las noticias de este pueblo, y ya ve que eran bien poco interesantes.

—Este pueblo es muy pacífico—apuntó don Primitivo.

—Aquí no llegan esos motines que hay ahora por Madrid un día sí y otro no. (Otra vez don Marcelino.)

—Alguna ventaja habíamos de tener... alguna ventaja... alguna ventaja. Dios lo ha compensado todo, señores. Vivimos apartados de los deleites de la corte... es verdad... es verdad... pero vivimos por ahora tranquilos. No es poca fortuna, créame usted, no es poca fortuna...