—La gente del país debe ser muy sencilla, ¿no es cierto? En estas provincias del Norte es donde se conservan todavía restos de aquella honradez y piedad que caracterizaban á nuestros mayores.
—Es gente honrada á carta cabal—dijo don Primitivo.—Afortunadamente, todavía no nos los han maleado.
—Unos infelices, señor conde... unos infelices... Lo único que les hace falta es un poco de filosofía alemana para ser hombres completos.
Todos rieron con estrépito.
—Alguna que otra vez—apuntó D. Marcelino,—cuando tienen una copa de más dentro del cuerpo, suelen cometer cualquier desmán, pero ya se sabe que entonces obra el vino por ellos.
—Y tienen bastante afición á lo ajeno—indicó el señorito Octavio.—Casi todos los años nos dejan sin fruta en la huerta.
—Es verdad, señorito, es verdad... Tiene usted mucha razón... Hay mucha afición á lo ajeno en esta comarca... Pero, créame usted, señorito, el gobierno también tiene alguna... y no es precisamente á la fruta...
El conde dirigió una sonrisa al clérigo.
—Desde la muerte del guardamontes, hace ya tres meses—dijo D. Primitivo,—no se ha oído hablar en este concejo de ninguna tropelía.
—¿Fué el que hallaron estrangulado en un maizal?—interrogó el conde.