—No, señor; ese fué Antuña, el pagador de la carretera. Esa muerte ha sido mucho antes... á principios del otoño.

—De todos modos, ha sido un asesinato horrible.

—Pero, señor conde—profirió D. Marcelino,—Antuña murió porque quiso. ¿Á quién se le ocurre salir de noche de la villa con veinticuatro mil reales en el bolsillo? ¿No conoce usted que es una imprudencia mayúscula?

—¡Perfectamente!

—Hechos aislados, señor conde, hechos aislados... por ahora, hechos aislados. El trueno gordo no tardará en venir. Pero no hay que tener cuidado, porque los excesos de la libertad se corrigen con la libertad... sí, señor, se corrigen con la libertad... Eso decía un periódico que le viene al señor juez de Madrid todos los días... todos los días.

El conde se inclinó hacia el cura y le dijo algunas palabras al oído.

—¡Bravo, señor conde, bravo!—exclamó el clérigo, echándose hacia atrás en la silla y mirándole fijamente con aire triunfal.—Todos haremos lo que podamos para que se logre. Usted es la persona más á propósito.

Después se pusieron ambos á cuchichear animadamente.

D. Primitivo corrió la silla hacia ellos y preguntó en voz baja:

—¿Hay alguna noticia de allá?