—Hubiera pasado sin su bendición perfectamente—contestó ella riendo.

Y al mismo tiempo hundió su lindo rostro en el cáliz de la flor para aspirar la fragancia. La condesa de Trevia estaba en aquel instante bellísima; porque sus ojos grandes, rasgados, se cerraban blandamente con la expresión de un placer celestial; porque sus mejillas de rosa, acariciadas por las blancas y carnosas hojas de la magnolia, brillaban y temblaban de gozo; porque sus cabellos castaños, sedosos, le caían con cierto desorden sobre la frente; porque inclinaba la cabeza dejando ver el principio de una espalda de alabastro; porque estaba empinada graciosamente sobre la punta de sus pies inverosímiles. Levantó la cabeza y exhaló un largo suspiro.

—¡Oh, qué delicioso aroma!

Octavio se apresuró á hundir también el rostro en la flor que la dama aún tenía cogida.

—¡Delicioso! ¡delicioso!

—¡Es tan penetrante... tan embriagador!... Siempre fuí apasionada de este aroma.

—Yo lo seré de aquí en adelante.

La condesa soltó la rama é inclinó la cabeza sonriendo afablemente. Y emprendieron otra vez la marcha en silencio. Octavio lo rompió al cabo de un instante diciendo:

—¿De qué perfumista acostumbra usted á surtirse, condesa?

—No tengo ninguno conocido; entro indistintamente en la primer perfumería que encuentro.