—Pero al menos tendrá usted una marca predilecta.
—Tampoco; nunca me fijo en los rótulos de los frascos.
—Pues yo, después de haber probado las principales marcas, me he decidido por la de María Farina. Es la que he hallado mejor. Sus perfumes son menos intensos que los de otras casas, pero son mucho más delicados. Debemos exceptuar, sin embargo, la rosa blanca que, como usted sabrá seguramente, es privilegio especial del célebre Hakinsson. La rosa blanca y el azahar son los únicos perfumes que tomo ahora de esta casa.
Siguió la conversación de los perfumes por algún tiempo todavía, muy animada por parte de Octavio, que parecía hallarse en terreno firme y abierto; lánguida y cortada por parte de la condesa que, como había dicho, no era inteligente en este ramo. D. Primitivo y sus secuaces habían entrado ya en la pomarada, y nuestra pareja siguió el ejemplo. Al llegar á la puerta tropezaron con miss Florencia y los niños. La condesa dirigió á aquélla una sonrisa. El aya permaneció grave y se inclinó profundamente dejándoles paso.
Era la pomarada un campo vasto, donde los árboles estaban tan espesos y habían adquirido tal desarrollo, que el sol no conseguía, sino después de mucho trabajo, introducir en él algunos delgados rayos. Los manzanos son árboles de poca imaginación. En vez de gastar sus fuerzas estérilmente en subir hasta mecerse en las nubes, procuran buenamente redondearse, ocupando el mayor pedazo posible de este miserable planeta. Mas al desenvolver su personalidad libremente en el tiempo y el espacio, nunca dejan de molestar al vecino, de lo cual resulta siempre una bóveda más sólida y espesa que fantástica. Algunos de ellos tanto descendían en sus aspiraciones, que tocaban con las ramas á la tierra formando glorietas naturales, frescas, sombrías, mullidas. Á pesar de los esfuerzos inauditos que el sol había hecho durante todo el día para templar sus ardores en la frescura del césped, éste se hallaba todavía húmedo. Los lindos zapatos de la condesa, que se hundían en él como dos ratones, aparecían mojados cada vez que levantaba el pie. Dentro de aquella bóveda enana zumbaba una muchedumbre de insectos, que empezaban á sentirse inquietos por la marcha cada vez más precipitada del sol. Á veces se percibía un ruido leve y sordo entre las ramas, y veíase un pájaro salir de un árbol y posarse en otro cercano. Los árboles no derramaban aroma, porque los frutos estaban aún demasiado verdes: en cambio, el suelo exhalaba olor fuerte de tierra húmeda. En uno de los ángulos de la pomarada se veía una gran mancha de sombra. Era que el sol estaba besando ya la cima de las colinas y empezaba á abandonar el valle.
Á todo esto, D. Primitivo había sacado de las profundidades de su gabán una enorme podadera, y prodigaba minuciosos cuidados á los manzanos, hacia los cuales se sentía atraído por simpatía irresistible. Aquí le cortaba un renuevo á uno, más allá le quitaba un caracol á otro, en otra parte levantaba un rodrigón que se había caído, etc., etc. El procurador pasaba cerca de ellos como el soplo de la Providencia.
Octavio seguía al lado de la condesa y conversaba con ella sobre cosas indiferentes, alusivas unas veces á los objetos que tenían á la vista, otras (las más) á las particularidades de la vida cortesana, que el joven parecía conocer tan bien como la dama. El rostro y los ademanes del señorito no correspondían en un todo á la materia de la conversación. Decía todas sus frases en tono tan insinuante y se mostraba tan turbado, que cualquiera podría creer, observándole de lejos, que estaba haciendo una declaración de amor. Siempre le pasaba lo mismo cuando hablaba con las mujeres. Su fisonomía sonriente, ruborosa y expresiva con exceso, le había hecho pasar por novio de casi todas las damiselas á quienes se había acercado en su vida. Claro está que tales presunciones no tenían fundamento positivo; pero quizá si penetrásemos en los misterios de la psicología, hallaríamos disculpa para la ligereza de los vecinos de Vegalora. Porque hay en ciertos temperamentos un fondo tan grande de materia amorosa (si se permite esta singular locución), que no necesita más que un leve motivo para mostrarse en la superficie. El amor reposa en estos temperamentos como una masa de polvo colorante en el fondo de un vaso de agua; así que se agita, toda el agua queda teñida. El hecho aparente era que nuestro amigo ni se enamoraba ni se declaraba á las mujeres que tenía cerca, pero en realidad, hacía uno y otro. Su plática, pues, con la condesa tenía mucho de dúo amoroso. Cuando decía, verbigracia: «Se está usted humedeciendo los pies, condesa», la traducción exacta de la frase, que se dibujaba en sus ojos, era: «De qué buena gana, señora, se los secaría con mi aliento». Se había quitado el sombrero, y jugaba con él entre las manos afectando una posesión de sí mismo que estaba lejos de sentir. Llevaba en la boca un clavel blanco salpicado de manchas rojas, y lo mordía con displicencia digna de un socio del Veloz Club. De vez en cuando volvía el conde la cabeza y le dirigía una sonrisa afectuosa, á la cual nunca dejaba de contestar el mancebo con un saludo familiar.
—Es muy bonito ese clavel que lleva usted—dijo la condesa, mientras lo admiraba sinceramente con los ojos muy abiertos.
Octavio lo quitó precipitadamente de la boca.
—Si no fuese porque ya está mordido, tendría placer muy grande en dárselo... Pero, en fin, le quitaremos un poco del tallo... (al mismo tiempo cortaba la parte que había estado en la boca). ¿Lo acepta usted así, condesa?