—Con mucho gusto. Mil gracias.

Estaban ya próximos á la empalizada que circuía la finca, y para no volver por el mismo sitio empezaron á caminar al lado de ella. Apenas habían dado algunos pasos, cuando sintieron por la parte de fuera un aliento jadeante, y vieron en lo alto de la estacada la cabeza de un perro, el cual cayó inmediatamente á sus pies y se puso á ladrarles, sin atender á las razones de don Primitivo, que le decía:

—Ven acá, Canelo... ¿No me conoces, Canelo?... ¿Dónde está tu amo, Canelo?...

El perro recordó que ya había visto aquella cara en otra parte, pero no quiso dar su brazo á torcer ni confesar que se había equivocado, y siguió ladrando, aunque sin gana y por compromiso.

—¿Qué es eso, Canelo?... ¿Te olvidas de los amigos?...

Guau, guau, guau.

—¿Dónde dejaste á tu amo, Canelo?

Guau... guau.

—¿Venís de caza, Canelo?

Guau...