Por detrás de la empalizada empezó á asomar una escopeta de dos cañones, y se vió un sombrero de grandes alas que ocultaba á medias el rostro de un joven moreno, el cual, con mucha presteza y agilidad, pasó ambas piernas por encima de las puntas de las estacas, y dando un salto quedó en pie delante del conde.
—¡Hola, Pedro! ¿De dónde vienes?
—Señor conde, fuí á matar un zorro que me dijeron andaba por la mata del tío Bonifacio. En cosa de ocho días le zampó tres gallinas.
—¿Y lo traes?
—Sí, señor; aquí está vivo todavía. No le tocaron más que algunos perdigones en esta pata... ¡No se acerque usted, señora condesa, que estos animales son muy traidores!
—Hola, caballerito—dijo el conde dirigiéndose al zorro, que colgaba de la espalda de Pedro.—¿Conque entretiene usted sus ocios engulléndose las gallinas del vecindario? ¿Y se figuraba usted que sus proezas no habían de tener fin jamás?
—Este Pedro—dijo el cura—es un buen muchacho... es un buen muchacho. Nos va despejando la comarca de alimañas. Señor conde, tiene usted una alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.
—Señor cura, si no fuí á ayudarle á usted á arreglar la huerta, fué porque estos días anduve muy ocupadado preparando las cuentas...
—Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago más que referir tus méritos y cualidades al señor conde.
—Es que entiendo bien las indirectas.