Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el jugador, como un notable comediante, seguía parodiando la escena breve en la cual aquella D.ª Feliciana que ahora reía con tanto gozo, había salido á la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando á la condesa las más extremadas y serviles lisonjas. Una señora exclamaba: «¡Ya lo creo que estarían buenas! ¡Que se acuerde de las que comía en casa de su padre!» Otra decía: «¡Vaya por Dios, señor; yo con estas cosas me mareo!» Más allá murmuraba una vieja: «¡Qué mundo éste y cuántas vueltas da!» Y todas ellas hacían coro con sus risas maliciosas y sus dichos punzantes á la mímica del jugador, el cual, así que concluyó de representar la escena, volvió á coger la bolsa y dijo como hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeñoso: «Á esta pobre Laura le sienta el condado como á un Cristo un par de pistolas». Las señoras le miraron con respeto y rieron discretamente este chiste que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo á Carmen en voz baja pero irritada:

—¡Parece mentira que te rías de estas payasadas!

La niña le miró con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara á comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba á tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razón no había escuchado en su tienda otras conversaciones.

—El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la niña bonita...

—Es decir, Carmen—sopló Octavio al oído de su novia, la cual le pagó con una mirada risueña que sin duda significaba: «¡Acabaras de decir algo de provecho!»

—Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...

—¡Alto! ¡alto! ¡alto!—exclamó atropellándose una señora que tenía una verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.

—Ya principia D.ª Faustina—exclamó D.ª Feliciana con mal humor.—¡Bendito sea Dios, señora, qué suerte tiene usted!

Mientras se confrontaban los números del cartón con los de las bolas que se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que duró buen rato, porque Paco se complacía en atormentar á la afortunada señora, los amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvió á agitar la bolsa comenzó otra vez su arrullo suave.

—Te voy á pedir una cosa.