—¿Qué es?
—¿Me la concederás?
—Díme antes lo que es.
—No, no; quiero que me digas primero si has de concedérmela.
—Mientras no sepa de qué se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes que si es una cosa que no deba concederte...
—Pues bien, te lo diré; dame un zapatito tuyo.
—¡Ave María Purísima! ¿Y para qué quieres tú eso?
—Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya á acostar y acordarme de ti y darle un millón de besos...
—¡Calla, calla!—exclamó la niña sonriendo ruborizada.
—El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.